Durante la entrevista, Miguel Ríos echa la vista atrás para recordar su infancia en Granada, marcada por la muerte prematura de su padre y por la figura capital de su madre. El músico relata sus difíciles comienzos en una capital que le advertía de que «el rock había muerto», las artimañas para abrir una grieta de libertad en la gris dictadura franquista y cómo gestionó un éxito mundial que le sacó de la pobreza, pero que nunca le hizo despegar los pies del suelo ni perder su conciencia de clase.
La amistad y el debate ideológico también aparecen en el programa. Gonzo acompaña a Miguel a una comida con la periodista Maruja Torres y el escritor cineasta David Trueba. Juntos recuerdan la eclosión social de los años ochenta y la ilusión que despertó la llegada del socialismo al poder. Ríos confiesa también su decepción actual con aquellos líderes en los que creyó, como Felipe González o Alfonso Guerra.
Ríos no rehúye ningún tema de actualidad. El cantante reflexiona sobre la atomización y las disputas internas de la izquierda y confiesa el miedo que le produce la normalización y el auge de la ultraderecha. Y no se muerde la lengua al recordar el «No a la guerra» o condenar el genocidio en Gaza. Una defensa de la dignidad humana que mantiene firme desde el escenario, aunque ello provoque que parte del público se levante y se marche de sus conciertos.
El rockero confiesa a Gonzo sus miedos frente al paso del tiempo, el temor al Alzheimer y la dependencia, y el recuerdo constante del consejo que le dio su madre: «No te vayas a hacer viejo en un escenario». El retrato de un hombre al que, como también le decía su madre, ya nadie le podrá quitar lo bailado.